La mujer del vestido azul no miró a nadie al entrar.
Julián lo notó desde su mesa, como se notan las cosas que no deberían existir: con una especie de alarma silenciosa en algún lugar detrás del pecho. El salón estaba lleno, la orquesta sonaba, las parejas giraban bajo la luz cálida del techo. Y sin embargo, cuando ella abrió la puerta, algo cambió. No el ruido, no la música. Algo más difícil de nombrar.
Llevaba un vestido azul intenso, de esos azules que no pertenecen a ninguna moda en particular sino al tiempo en que las cosas duran. El pelo suelto, oscuro. Los movimientos lentos y precisos, como quien sabe exactamente cuánto espacio ocupa en el mundo.
Julián dejó el vaso sobre la mesa.
Conocía esa manera de caminar.
Clara había desaparecido hace veinte años.
No de golpe, no de manera dramática. Había desaparecido como desaparecen algunas personas: primero de las conversaciones, luego de los planes, luego de los sueños. Un día Julián se dio cuenta de que llevaba semanas sin pensar en ella, y ese descubrimiento le produjo más dolor que todos los años anteriores juntos.
Nunca supo con certeza qué había pasado. Alguien le dijo que se había ido a Europa. Alguien más le dijo que había muerto en un accidente, en una ruta del sur, de madrugada. Julián nunca quiso investigar demasiado. Tenía miedo de encontrar una respuesta que le exigiera sentir algo definitivo.
Ahora la mujer del vestido azul se sentaba al otro lado del salón. Y Julián sabía —lo sabía con esa certeza irracional que no pide permiso— que era imposible.
También sabía que era ella.
Sus miradas se cruzaron durante la segunda tanda.
Ella no sonrió. Solo inclinó apenas la cabeza, un movimiento tan pequeño que cualquier otro hombre no lo habría visto. Pero Julián llevaba treinta años bailando tango, y sabía leer los gestos mínimos. Ese era un cabeceo.
Se puso de pie.
Cruzó el salón con más cuidado del habitual, esquivando parejas, mirándola de reojo para no perderla de vista. Cuando llegó frente a ella, la mujer ya estaba de pie.
Se abrazaron.
Y entonces Julián supo con el cuerpo lo que su cabeza todavía intentaba negar: la manera en que ella apoyaba la mano izquierda sobre su hombro, la presión exacta de los dedos, la forma en que esperaba el primer tiempo antes de dar el primer paso. Esos detalles no se aprenden. Se tienen o no se tienen.
Clara los tenía.
—Todavía bailas como si pidieras perdón —dijo ella, entre el primer y el segundo tango.
Julián tardó en responder. La voz también era la misma. Un poco más grave, quizás. O quizás era él quien había cambiado la manera de escuchar.
—¿Quién eres? —preguntó.
Ella lo miró un momento antes de responder.
—A veces somos lo que alguien no pudo olvidar.
No era una respuesta. O era demasiado respuesta. Julián no supo cómo seguir la frase, y entonces empezó el segundo tango, y sus cuerpos volvieron a hacer lo que sabían.
Cada tango despertaba algo diferente. El primero, la juventud, ese tiempo en que el deseo tenía la urgencia de las cosas que no se saben frágiles. El segundo, una discusión que nunca terminó bien, las palabras que se dicen cuando uno tiene razón pero no tiene cuidado. El tercero, una carta que Julián escribió y nunca mandó. Una despedida aplazada durante veinte años.
En el último tango, Julián habló sin pensar.
—Lo siento —dijo—. No sé si llegaste a saberlo. Pero lo siento.
Ella no preguntó por qué. Como si ya lo supiera, o como si las razones ya no importaran tanto como el hecho de que él lo dijera.
Bailaron el último tango con una intensidad distinta, más lenta, más adentro. Julián sintió que no le pedía perdón a la mujer que tenía entre los brazos. Se lo pedía a todos los años que había vivido sin resolver aquello que quedó roto entre ellos.
Cuando la cortina sonó, la acompañó hasta su mesa. Tomó un trago de su propio vaso, que alguien había traído mientras bailaban. Miró hacia la pista.
Y cuando volvió la cabeza, la silla estaba vacía.
Julián llamó al mozo. Le preguntó si había visto salir a la mujer del vestido azul.
El mozo lo miró sin entender.
—¿Qué mujer, señor?
—La que estaba sentada aquí. Vestido azul, pelo suelto.
El mozo frunció el ceño con honestidad.
—No vi a nadie sentarse ahí esta noche. Esa mesa estuvo vacía.
Julián no insistió. Miró la silla. Sobre el asiento había algo: una entrada de milonga, vieja, con el papel amarillento de los años. La levantó. Era una entrada de hace veinte años, de una sala que ya no existía, de una noche de viernes en que Clara y él habían bailado por última vez antes de que todo se rompiera.
Detrás, escrito con lápiz en una letra que él reconocería en cualquier parte, había dos palabras:
Ya está.
Julián dobló la entrada con cuidado y la guardó en el bolsillo. Después pidió otro vaso y se quedó un rato más escuchando la música, que seguía sonando para todos como si nada hubiera pasado.
Desde aquella noche, Julián empezó a creer que algunas mujeres no entran en una milonga por la puerta, sino por la memoria.
Este es el segundo relato de la serie "Ecos de la Dama del Tango". Si te ha gustado puede valorarlo y dejar una reseña.
El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "El Bandoneón cerrado".
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