La tanda de Pugliese
Cuando el musicalizador anunció la tanda de Pugliese, Marina sintió algo parecido al miedo.
No era miedo al baile. Marina llevaba quince años bailando tango con Andrés, y conocía cada uno de sus pasos como se conocen las grietas del propio suelo. Era otro tipo de miedo: el miedo a lo que esa música podía sacar a la luz si uno no tenía cuidado.
Pugliese no perdonaba. En eso todos los milongueros estaban de acuerdo. Otras orquestas permitían que los cuerpos se ocultaran detrás de la técnica. Pugliese no. Pugliese desnudaba lo que hubiera dentro, bueno o malo, y lo ponía sobre la pista para que todos lo vieran.
Marina miró hacia Andrés.
Andrés miraba a Valeria.
Valeria era alumna nueva. Veinticinco años, una elasticidad envidiable, y esa disposición de las principiantes talentosas que consiste en no saber todavía que el tango duele. Andrés llevaba media tarde bailando con ella, corrigiéndole los apoyos con esa atención excesiva que él nunca había tenido para Marina cuando Marina también era principiante.
Marina no dijo nada. En la milonga no se dice nada que no se diga con el cuerpo.
Cuando Andrés le cabeceó, ella lo pensó durante un segundo más de lo habitual. Un segundo es mucho tiempo en tango. Andrés lo notó.
Salieron a la pista. El primer acorde de Pugliese llenó el salón como llenan las cosas inevitables.
El primer tango fue un territorio de nadie.
Técnicamente correcto. Los pasos encadenados con la precisión de siempre, el abrazo en su lugar exacto, los adornos donde debían estar. Desde afuera, cualquiera habría dicho que era una pareja extraordinaria. Desde adentro, Marina sabía que estaban bailando en paralelo, cada uno en su propia música.
Entre el primer y el segundo tango, mientras esperaban el próximo acorde, Marina habló.
—Ya no me escuchas cuando bailamos.
Andrés la miró con una expresión que ella conocía: la de quien no quiere tener esta conversación aquí.
—Estamos en la pista —dijo él.
—Exactamente —dijo Marina.
Empezó el segundo tango.
Pugliese exigía verdad.
Marina lo sintió en cada pausa musical. Esas pausas de Pugliese que parecen preguntas sin respuesta, esos silencios donde el cuerpo no tiene dónde esconderse. En esos momentos, el abrazo de Andrés era correcto pero vacío, como una forma que ha perdido su contenido.
Marina pensó en cuánto tiempo llevaba siendo la forma correcta sin el contenido.
Pensó en las clases con Valeria. En las últimas semanas en que Andrés llegaba tarde a casa con la cabeza en otro lado. En la manera en que últimamente la corregía delante de los alumnos, con esa cortesía fría que es peor que el reproche directo. En cómo ella había ido encogiendo su manera de bailar para no molestar, para no ocupar demasiado espacio, para no ser un problema.
En algún momento, sin que ella lo hubiera decidido conscientemente, había dejado de bailar para empezar a aguantar.
En el tercer tango, Marina habló de nuevo.
—Voy a dejar de bailar contigo.
Andrés tropezó en el tiempo. Solo un instante, pero en quince años nunca había tropezado.
—Marina...
—No es por Valeria —dijo ella—. O no solo. Es que me he perdido a mí misma en este abrazo. Y no me doy cuenta de cuándo pasó.
Andrés no respondió. Siguieron bailando.
Y entonces ocurrió algo extraño: al saber que era el último, el tango cambió. Andrés empezó a escucharla. Por fin, por primera vez en mucho tiempo, Marina sintió que él estaba ahí de verdad, respondiendo a lo que ella le daba y no solo marcando lo que quería recibir.
Bailaron el último tango de Pugliese como nunca habían bailado ninguno. Precisamente porque ya no había nada que salvar.
Cuando terminó, Marina se soltó primero.
—Ha sido muy bueno —dijo Andrés. Y lo decía en serio: eso lo hacía todo más difícil.
—Sí —dijo Marina—. Ha sido el mejor que hemos bailado. Qué pena que sea el último.
Lo miró un momento más. No había rencor en sus ojos. Había algo más complicado: la tristeza de los finales que no tienen un culpable claro, que simplemente ocurren porque las dos personas dejaron de crecer en la misma dirección.
Le dio las gracias. Él se quedó en la pista.
El musicalizador puso una cortina alegre, casi cruel, de esas que suenan a carnaval cuando uno acaba de cerrar algo.
Marina recogió su abrigo y su bolso. Dentro del bolso había una novela que llevaba semanas leyendo. En la portada, con letras en cursiva sobre un fondo oscuro, se leía: La Dama del Tango.
Salió a la calle. El aire de la noche olía a lluvia próxima.
Se lo agradeció.
Este es el 7º relato de la serie de 10 de la colección Ecos de La Dama del Tango
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El próximo relato se publicará en más o menos una semana: "El salón vacío"
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